CuentoL
«Nadie sabe lo que puede un cuerpo.»
Spinoza.
Cuando llegaba a la esquina de esa calle, antes de dar vuelta a la derecha, se detenía un momento. Miraba hacia atrás para encontrar en el ambiente una señal que le permitiera avanzar, dar el paso siguiente, como si la imagen plasmada sobre su espalda cristalina encerrara algo más que su partida cotidiana; como si cada paso fuera un abandono del pretérito en que se diluía todo el sol, todas las nubes, el cielo entero, sus palabras y su vida.
A lo lejos, muy al fondo de esa estampa, se dibuja una luz que deslumbra y avanza sin interrupción. Es momento de continuar simulando una huida: el instante de ser un fugitivo otra vez, como antes, como siempre. El peligro, que es característica de ese rumbo asolado por el asalto, la matanza o la violencia, le otorgaba la minúscula oportunidad de pensar para sí mismo.
Una calle larga e interminable se desplegaba a la luz del ojo color blanco y de la noche. Se veía un faro solitario desde la esquina que aguardaba al caminante del crepúsculo antes de dar el primer paso; mientras todo: esa noche, ese ojo, esos pasos, ese faro y el tiempo, le exigían traer a cuenta sus recuerdos.
Súbitamente su memoria se alojó en el principio de los tiempos. Era un adolescente que cifraba cada una de sus acciones en rivalizar con la esfera que cobija las figuras del poder: el prefecto, los maestros, la psicóloga y las monjas de la escuela. Con ese hálito magnífico de juventud diluyó en su cabeza esas ideas reguladoras de seres vivientes o sonámbulos y, en una acción ridícula pero justa, reivindicó aquello que las monjas no veían de Cristo, o lo que el imaginario artístico pintaba sin reparo: su largo cabello multicolor con sus largas ondas de insurrección.
El prefecto, encarnación del orden, acumulación de partículas de vidas sometidas, le mandó a llamar durante el receso para luego subirlo de castigo a la biblioteca por el resto del día. Y como todo el poder es arbitrario, la razón de ese castigo, de esa diminuta intención homicida, era el traer los cabellos largos. No haberlos cortado a tiempo o simplemente no cortarlos.
La escuela era pequeña, a lo sumo quinientos alumnos conformaban la comunidad. Cuando Aurelio llegó a la biblioteca se encontró con una figura femenina poco conocida para él: una joven de color medianamente claro y largo cabello oscuro; de ojos redondos al parecer negros; de tamaño cercano al suelo; yacía sentada sobre una de las mesas de lectura que nadie visitaba.
Ese espacio silencioso era el lugar utilizado incontables veces para cumplir las condenas. No obstante, esos sitios micro cósmicos que no gozan de popularidad pueden convertirse en nidos de fantasía; se está abandonado al azar de lo lúgubre y la soledad.
Aurelio se posó frente a la mesa, con una mirada de profundidad adusta, fijó sus ojos sobre los otros; sin proferir palabra tomó la silla y se sentó frente a ella. De pronto una voz sórdida y chillona contaminó la atmósfera de silencio. La voz de una de las madres encargadas del cuidado de ese lugar les preguntaba con pudor:
¿Por qué se miran tanto niños?¡Pónganse a hacer la tarea y dejen de estar viéndose!
Si la monja no hubiera dicho eso, seguramente no habría despertado la curiosidad erótica de esos amaneceres. Pero para ambos dicha frase significó una provocación. Y otra vez el silencio se hizo.
Los ojos que simulaban ser grandes hocicos voraces recorrían los cuerpos, de los pies a la cabeza y de un lado a otro del escritorio.
Después de jugar al lanzamiento de pupilas prófugas y reservas cautivadoras de vocablos, Alba colocó su hombro encima de la mesa y sobre él dejó caer su rostro, ocultándolo. El brazo que quedó libre se extendió para dejar ver la palma de la mano: palma que miraba al firmamento y se pintaba de color de cándida coquetería.
Ahí comenzaba la mujer; la adolescente se disipaba con ese gesto de provocación erótica; el rostro bajo, oculto, sinónimo de recato y la mano al aire invitación para el tacto de las manos.
Aurelio con cierta timidez y como espejo de su imagen frontal hizo lo mismo. Una vez hecho eso, el amor que nadie sabe de dónde nace ni en dónde para, juntó las manos y entretejió los dedos. Un microscópico instante se anudaron desde sus bocas hasta sus pies. En la absoluta ignorancia de ellos esa unión significó el primer amor para ambos.
Al llegar al otro lado de la larga calle solitaria Aurelio miró hacia atrás y su memoria fantástica o ficticia se paralizó otra vez en sus recuerdos.
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