La locura ronda más que antes los pasillos intrincados de la razón, facultad que hoy se enarbola en aras del orden, de la solidaridad y del cuidado propio. La pandemia es el acontecimiento por antonomasia de los primeros años del siglo XXI, ha socavado todas y cada una de las ideas y cosas que se consideraban como ciertas, también ha mostrado que somos esencialmente políticos.
Aristóteles escribe en la Política que el ser humano es naturalmente político y, del mismo modo, afirma que aquél que se considere fuera del orden de lo social, ha de ser un loco o un dios. Afirmación que no podría ser menos interesante reflexionar en el contexto del confinamiento. Sobre todo, porque el carácter social de lo humano pareció haberse interrumpido tras las paredes de las casas.
Es innegable que durante estos meses hemos estado más próximos a la soledad, a la experiencia del alejamiento de quien nos era familiar, cercano. Aunque no podríamos atrevernos a afirmar que lo social se puso en peligro, sí podemos decir que los lazos que lo constituían padecieron ciertos cambios.
El ser humano ha tenido que estarse enfrentando a sí mismo, a concebirse por fuera de los seres que le confirmaban su existencia. El otro, categoría ética de nuestro tiempo, se volvió menos consistente, más opaco. En ese sentido, nuestra experiencia de lo social que veía sus representaciones más cotidianas en fiestas, reuniones, bares, conciertos, etc., se desfiguró.
¿Cómo era posible que el otro fuera al mismo tiempo mi amenaza? ¿Cómo comprender que la persistencia del otro frente a mí, cerca, en el espacio público, en el otro cuarto, pudiera poner en peligro la existencia propia?
Ante una situación de tal envergadura, solo puede prevalecer el miedo, la angustia, la sinrazón. Todo se cifra en el orden de la experiencia, del sentimiento, del instinto. La articulación de lo real toma entonces otras formas, el individuo está justo frente a lo insoportable y erige muros de sueños que lo sujetan a lo que, hasta antes de la contingencia, era habitual.
Muerte, enfermedad, incertidumbre, peligro, aversión, hastío, soledad. Cada uno de estos aspectos llevados al puro ámbito de lo palpable, de lo que se puede observar, sentir, oler, tocar, son la puerta de la locura.
En cada uno de ellos, el ser humano se encuentra solo, al capricho de la circunstancia incierta, fuera de lo que lo constituye como humano, a saber, la existencia de todos los otros. De ahí que se considere aquí que la pandemia es la puerta de la locura.
Continúa…

Descubre más desde Diógenes Laercio | Filosofía
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.