La época de la premura

Sabe esperar, aguarda que la marea fluya, sin que el partir te inquiete… Aguarda sin partir y siempre espera.

Machado

Cuando el fascista Marinetti escribió su Manifiesto del futurismo no sabía que era una previsión del porvenir. Las redes sociales y el internet son solo un ejemplo paradigmático de un fenómeno más profundo: el de la premura. Todos tenemos prisa, pero ¿de qué?

Por algún extraño motivo la velocidad en cualquier actividad humana posible se ha asociado a la idea de lo deseable y se reproduce con esplendor en el ámbito de lo laboral que, a su vez, se traduce en la eficiencia de todo un sistema. Tal vez esa identificación entre eficiencia, velocidad y lo deseable esté justificada en lo que a producción se refiere. No obstante, la premura también ha pasado a ser el vicio moderno de la reflexión, la razón, el conocimiento y el juicio.

So pretexto de ser parte de una sociedad de la información los individuos están ávidos de emitir un juicio, de aplicar una serie de categorías a los fenómenos que observan, de considerar el conocimiento como el más elevado de todas las épocas sin que medie entre sus creencias y la realidad un momento de cautela, de escrupulosidad.

Hay prisa por juzgar el pasado, el presente que se escabulle, el futuro que no llega y por condenar de tajo cualquier intento por detenerse a pensar. El pregonero del pensamiento crítico, la filosofía o las artes hoy, primero debería entrenarse en el arte de detenerse, de bajar el ritmo de lo que se piensa y se dice. Aunado a lo anterior, habría que decir también que esa misma premura de los juicios sobre el mundo es traicionera.

Tan pronto como uno se ha acostumbrado a ser partícipe de esa dinámica, así mismo es como nuestra perspectiva de lo real pierde su valor y su agudeza. Estamos ávidos de definir qué es esto y qué aquello, pero la premura obstaculiza poder mirar siquiera el fondo. Misoginia, homofobia, machismo, especismo, feminismo, globalización, capital, poder, etc., son las palabras del presuroso del juicio.

Como si la totalidad de los fenómenos pudiesen ser acomodados en cajas categoriales predefinidas, el conocimiento que podemos tener de lo que acontece es limitado y parece estar acabado. Aquel que piensa así es un dogmático tras el disfraz de la liberalidad del pensamiento. De ahí que, desde mi perspectiva, sea una exigencia detenerse antes de opinar, antes siquiera de emitir una palabra.

En la época de la premura no se piensa, el presuroso se abalanza sobre la idea, sobre el pensamiento.



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Publicado por Diogenes Laercio

Estudié Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras en la UNAM. Cursé parte de la licenciatura en Letras Clásicas. Me dedico a la creación de contenido en redes y invito a todos a filosofar. He creado el podcast Filosofía en voz de Diógenes, Librería Rizoma en Instagram y el Proyecto de Divulgación de filosofía con el fin que el conocimiento esté más cerca de todos.

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