Una vez me refugié en los libros de filosofía, en las pocas novelas que había leído y en los y las poetas de juventud que uno suele admirar. Recuerdo que cuando iba a la prepa siempre llevaba un libro en la mochila, me gustaba irme a sentar lejos dentro de las instalaciones y aunque no siempre leía, sí llevaba conmigo un ejemplar de cualquier cosa.
Después eso se volvió un hábito, el hábito de cargar con libros que leía a medias y que se acumulaban en la mochila hasta que se volvía insoportable cargarla. Tenía entonces que elegir cuál cargar y, al mismo tiempo, cuál leer primero. Solo así lograba disipar esa sensación de fracaso frente a las páginas.
El deseo de construir una biblioteca personal fue aminorando ese afán de no quererse separar de fantasmas y sombras de letras. Comencé entonces a dejar libros en casa hasta que solo cargaba con dos.
Pero, poco a poco el libro fue ganando terreno en la recámara, no solo conquistó por completo el escritorio, de repente fue también el piso, el teclado de la computadora y hasta la cama.
El desorden de los libros se adueñó de todo aquí adentro, su omnipresencia es indiscutible, todavía hoy uno puede encontrar alguno sobre la cama, o incluso no darse cuenta de que está ahí. Hay veces se caen durante la noche y quedan olvidados algunos días entre la pared y el colchón.
Hay libros por doquier, un poco de caos y lápices.
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