Cuando escuchamos “Pienso, luego existo”, pensamos en certezas, pero la vida de René Descartes (1596–1650) fue cualquier cosa menos segura.
Nació en La Haye en Touraine, Francia (hoy Descartes, en su honor), en el seno de una familia acomodada pero marcada por la pérdida: su madre murió cuando él tenía apenas un año. Fue criado por su abuela y enviado a un internado jesuita, el Collège Royal de La Flèche, una de las instituciones más prestigiosas de la época.
Una mente inquieta desde joven
Desde pequeño, Descartes mostró una sed insaciable por el conocimiento. Estudió derecho en la Universidad de Poitiers, como deseaba su padre, pero nunca ejerció. Pronto se dio cuenta de que la tradición escolástica no le bastaba: “Me di cuenta de que no podía aprender nada verdadero en los libros de los antiguos”, escribiría más tarde.
Lo curioso es que su gran hallazgo no vino en una biblioteca, sino… ¡durmiendo! En 1619, mientras servía en el ejército del duque de Baviera (sí, Descartes fue soldado), tuvo una serie de sueños que describió como reveladores. Allí se le apareció una “nueva ciencia” basada en la razón, y con ella, el propósito de su vida: reconstruir el conocimiento desde sus cimientos.
Dudarlo todo, menos del pensamiento
Su método era simple y radical: dudar de todo lo que pudiera ser falso. ¿Y si los sentidos nos engañan? ¿Y si todo es un sueño? ¿Y si un genio maligno nos hace creer cosas falsas? Pero hubo una cosa que no pudo negar: el hecho de que estaba pensando. Así nació su famosa frase: Cogito, ergo sum.
Para Descartes, el pensamiento es la base de toda certeza. Desde ahí desarrolló su sistema filosófico, donde distinguía entre el alma (res cogitans) y el cuerpo (res extensa), una separación que aún resuena en la filosofía y la ciencia.
Un filósofo viajero (y muy reservado)
A pesar de su gran intelecto, Descartes fue reservado y algo solitario. Pasó la mayor parte de su vida adulta viajando por Europa, escribiendo y evitando el conflicto religioso de su tiempo.
En 1649, aceptó la invitación de la reina Cristina de Suecia para ser su tutor de filosofía en Estocolmo, pero el clima gélido y las clases a las 5 de la mañana terminaron por debilitar su salud. Murió de neumonía pocos meses después, a los 53 años.

Obras esenciales
“Discurso del método” (1637) – su obra más accesible y revolucionaria, donde explica su camino hacia la certeza. “Meditaciones metafísicas” (1641) – más técnica, pero central para entender su sistema filosófico. “Principios de la filosofía” (1644) – intenta conciliar filosofía y ciencia con una base cartesiana.
Curiosidades filosóficas
Sufría de una enfermedad que lo obligaba a quedarse en cama por las mañanas. Él lo veía como una ventaja: era su momento más productivo para pensar. En un momento de su vida, consideró que quizás era mejor no publicar sus ideas para no acabar como Galileo. Su cráneo ha sido robado y vendido varias veces a lo largo de la historia.
¿Por qué sigue importando?
Descartes no solo fundó la filosofía moderna. También ayudó a separar la fe de la razón, el alma del cuerpo, y abrió el camino para la ciencia tal como la conocemos. Si alguna vez te has preguntado si lo que percibes es real, o si hay algo que puedas saber con total certeza, entonces estás pensando como Descartes.
Fuentes consultadas:
Descartes, Meditaciones Metafísicas Cottingham, J. (1992). The Cambridge Companion to Descartes Gaukroger, S. (1995). Descartes: An Intellectual Biography
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