Michel Onfray es, sin duda, una de las voces más provocadoras y prolíficas de la filosofía contemporánea. Nacido el 1 de enero de 1959 en Argentan, Normandía, su vida comenzó lejos de los salones universitarios y de las bibliotecas parisinas. Creció en una familia modesta y, a los diez años, fue internado en un orfanato católico, experiencia que marcaría profundamente su visión del mundo. De aquellos años no guarda recuerdos amables: las humillaciones, la disciplina férrea y la religiosidad impuesta sembraron en él una desconfianza radical hacia la autoridad, la moral tradicional y, en especial, hacia el cristianismo institucional. Su ateísmo militante, que más tarde se convertiría en una de sus señas de identidad, tiene raíces en esa infancia dura.
Se formó en filosofía en la Universidad de Caen y, durante casi dos décadas, ejerció como profesor en institutos de educación secundaria. Sin embargo, la rigidez del sistema educativo francés y el academicismo que veía en sus colegas lo llevaron a abandonar la enseñanza oficial en 2002. Ese mismo año fundó la Université Populaire de Caen, un proyecto gratuito y abierto a todos, inspirado en la tradición anarquista y libertaria de acercar el saber a quienes no tienen acceso a las instituciones elitistas. Fue su forma de romper con lo que él considera la “confiscación” de la filosofía por una élite intelectual.
Onfray es un escritor incansable. Su bibliografía supera los cien títulos, abordando temas que van desde el hedonismo hasta la política, pasando por la historia del ateísmo, la contracultura, la gastronomía, el arte y la crítica a las religiones. Uno de sus libros más conocidos, Tratado de ateología (2005), se convirtió en un éxito editorial internacional y un manifiesto contra la idea de Dios, cargado de referencias históricas y filosóficas. Allí, Onfray arremete contra las tres grandes religiones monoteístas, a las que acusa de fomentar el odio hacia la vida y el cuerpo, y defiende una ética materialista y hedonista.

Su relación con otros filósofos es tan amplia como polémica. Se declara heredero de Epicuro y de los materialistas antiguos, pero también de Nietzsche, Diógenes de Sinope, y de figuras modernas como Albert Camus. Ha rehabilitado a pensadores olvidados, como los “filósofos de jardín” del Renacimiento y la Ilustración, y ha revisado con ojo crítico a figuras consagradas. No teme polemizar con gigantes: ha acusado a Kant de moralismo represivo, ha criticado a Freud como un charlatán más que como un científico, y ha acusado a Sartre de incoherencia entre su vida y su filosofía. Esta actitud le ha valido detractores, pero también un público que agradece su irreverencia.
Entre los episodios curiosos de su vida, destaca su afición por el vino y la gastronomía, que no considera ajenos a la filosofía, sino parte esencial de una vida buena. De hecho, ha escrito sobre la filosofía del gusto y sobre cómo el hedonismo puede ser una ética completa. También ha cultivado un estilo de vida coherente con su pensamiento: lejos de París, en su Normandía natal, rodeado de naturaleza y ajeno a las modas intelectuales. Aunque ha participado en medios de comunicación, prefiere mantenerse al margen del circuito literario y mediático parisino, que considera un círculo cerrado.
En el ámbito político, Onfray ha sido difícil de clasificar. Cercano al anarquismo y al socialismo libertario, ha criticado tanto al capitalismo neoliberal como a ciertas derivas de la izquierda institucional. En los últimos años, su pensamiento ha evolucionado hacia una defensa del humanismo republicano francés y de los valores ilustrados, lo que le ha generado debates intensos con pensadores progresistas y conservadores por igual.
Su producción monumental incluye la Contrahistoria de la filosofía, un ambicioso proyecto editorial y audiovisual en el que revisa la historia de la filosofía desde los márgenes, dando protagonismo a pensadores y corrientes olvidadas por el canon académico. Allí, Epicuro convive con los cínicos, los libertinos barrocos, los libertarios del siglo XIX y los herejes de todas las épocas. Para Onfray, la filosofía no es una disciplina abstracta reservada a los eruditos, sino una caja de herramientas para vivir mejor, cuestionar la autoridad y disfrutar del presente.
En persona, Onfray no es un académico encorbatado, sino un hombre directo, con un hablar rápido y una capacidad de trabajo que sorprende incluso a sus críticos. Es capaz de publicar varios libros en un mismo año, grabar cursos, dar conferencias y conceder entrevistas sin que su ritmo parezca disminuir. Algunos lo acusan de superficialidad por su prolífica producción; otros ven en esa abundancia un compromiso genuino con su idea de que el pensamiento debe estar vivo, circular y llegar a todos.
Michel Onfray representa, para muchos, un raro caso de coherencia: vive como escribe y escribe como vive. Su filosofía hedonista no es una invitación a la frivolidad, sino una ética del goce consciente, del cultivo de uno mismo y del rechazo a cualquier sistema que convierta la vida en un sacrificio. En tiempos de polarización ideológica y crisis de sentido, Onfray propone una herejía optimista: la de pensar por uno mismo, sin dioses, sin dogmas y sin pedir permiso.
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Referente a la gastronomía (dietética y gastrosofía), Michel Onfray dejó de escribir porque lo empezaron a llamar a programas de cocina y comentó que ese no era el fin de sus libros.
Por cierto aprovecho el espacio si alguien tiene los libros de la Razón del Gourmet y el Vientre de los filósofos de Michel Onfray. Estoy interesado en adquirirlos.
Saludos filosóficos
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Gracias por comentar, si sé de alguien que los tenga, te comento por aquí.
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Desconozco al autor, pero me parece interesante su reseña, en estos momentos he conseguido dos de sus obras en breve comentare lo que humildemente rescate de su lectura
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