En las últimas semanas se han puesto a la luz los archivos de J. Epstein y parece que lo que se ha descubierto es peor de lo que cualquiera de nosotros pudo haber imaginado, no solo por la confirmación de que la élite que gobierna el mundo no es precisamente una fantasía paranoica, sino porque se ha abierto una ventana a los actos más siniestros de la humanidad y las relaciones de poder que los posibilitan.
Se sabe que en muchas ocasiones las relaciones humanas pueden llegar a ser fortuitas y que no se puede incriminar a un individuo por el puro hecho de haber cruzado palabra con otro en algún lugar. Sin embargo, en lo que respecta a los archivos de Epstein, una de las relaciones que salta a la vista es la que existía entre él y el célebre lingüista y filósofo Noam Chomsky.
Sobre todo, porque existen correos en los se confirma que Chomsky mantuvo una relación amistosa o de cierta cercanía con Epstein hasta el año de 2017, e incluso después de que aquel hubiera sido condenado por delitos sexuales. De ahí que no se pueda aducir a la inocencia de Chomsky cuando en uno de los correos le recomienda a Epstein no decir nada con respecto al escándalo mediático y aconsejarle simplemente dar la espalda, ignorarlo todo, mientras pasa la tormenta.
Si consideramos que la amistad es solo una forma de soporte emocional o intelectual, entonces la relación entre ambos podría no ser motivo de una reflexión moral al respecto.

No obstante, según la perspectiva aristotélica, la amistad no se sitúa en el terreno del soporte superficial con el otro, más bien constituye parte del ejercicio mismo de la virtud, es decir, de la excelencia en el buen vivir. De ahí que el filósofo sostenga que:
La amistad también proporciona ayuda
a los jóvenes, para que no cometan errores; a los ancianos,
para su cuidado y su falta de fuerza, a causa de su debilidad;
y a los que están en la madurez, para realizar acciones bellas
(“son dos que marchan juntos”).
Aristóteles, Ética a Nicomaco, 1155a.10
En este orden de ideas, no podríamos aducir que Chomsky, cuando recomienda algo a Epstein, lo haga solo al margen de cierta neutralidad con respecto a las implicaciones de sus actos. Si un amigo es aquel con quien construimos el acceso a la vida buena, es inadecuado recomendarle aquello que pueda afectarlo o situarlo en una posición de vulnerabilidad.

Y si por el contrario, lo hacemos, entonces lo que se confirma es la nula relación de amistad entre el amigo y el otro.
Lo interesante del caso Chomsky-Epstein es que lo que está en juego y las razones por las que uno acude al otro no es un asunto cotidiano en torno a una decepción amorosa o algún problema en el trabajo, sino en torno a delitos sexuales y otros crímenes (mismos que para el momento en el que se escriben algunos correos, Chomsky ya debió haber tenido noticia).
En este contexto, la pregunta pertinente entonces sería: ¿estamos justificados en recomendar a nuestros amigos/as desde el espacio de la neutralidad, a sabiendas de que han cometido crímenes o delitos? ¿Podemos ignorar la inmoralidad de los actos de nuestros amigos por el puro hecho de la relación que tenemos con ellos?
Lo decepcionante en lo que respecta a Chomsky no es que sea amigo de Epstein, sino la disposición que tiene con respecto a lo que el otro hace.
¿Estarías dispuesto/a a hacer lo mismo que Chomsky si tuvieras un amigo en circunstancias similares?
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