Crónica de la fe y el caos

De «Entre calles», Clemente Vera.

Zaragoza es una avenida que nace con el sol y por la que a diario la gran ciudad engulle a miles de seres humanos. Es conocida no por su cercanía con el amanecer sino porque es peligrosa; cada mañana muere alguien sobre su piel color gris o participa del espectáculo de la necesidad y la avaricia de los hombres y mujeres que la transitan.

Se cuenta que hace décadas, cuando el país apenas comenzaba a andar por su propia cuenta, pasaba un tren que conectaba a la diosa del caos con otros poblados pequeños como Amecameca, Ozumba, Yecapixtla y hasta Puebla. De las vías apenas han quedado pequeños fragmentos de recuerdo y la nostalgia de los viejos.

Así «la Zaragoza» , como le dicen los que andan sobre ella, cada once de diciembre, oscila entre el pasado que retumba y las voces que renuevan una caminata larguísima que se extiende a través de algunos cientos de años. Ese día la avenida es como una vena a punto de reventar, miles de personas la colman de esperanza, de sudor, de fe y de cansancio. Desde un año antes los peregrinos estaban ya en camino cuando le prometieron a la Virgen María que vendrían otra vez y otra vez y otra.

El aire frío se escabullía entre los vidrios de mi ventana, los truenos de un festival religioso y la escena inigualable de una muchedumbre andando a paso silente despertaron en mí y en mi hermano la idea de participar de una peregrinación que rinde culto a María, símbolo de la marginación y la pobreza. Aventurarse a pensar la experiencia de lo religioso desde el punto de vista de la revolución o criticar a los creyentes me parece mezquino.

De pronto, a las seis de la tarde, ya estábamos caminando desde la puerta de mi casa con la compañía de mi madre. ¡Cuánta gente! ¡A dónde van! A algunos les pesan los pies, dicen cargar sus pecados y sus penas. Otros no dicen nada, ni un canto, ni un rezo, una oración o algo. Todo tiene los tintes del sacrificio, de la única vía que se tiene para soportar la existencia en poblados lejanos de los que no puedo mencionar siquiera el nombre.

Nosotros invadimos un carril completo, el del lado derecho, sobre el que se estacionaban familias ofreciendo un pan, un café, un taco o una torta. Ese minúsculo contacto entre el que camina y el que ofrece es un auto de fe, una forma de acercarse a la gloria de Dios. Si miraba al rededor, mis ojos chocaban con el caos de una ciudad que presume del progreso fantasmal y la racionalidad.

Seis horas después y sin presentar alguna seña de cansancio estábamos justo a la entrada de la Basílica de Guadalupe, desde ahí puede verse la imagen milagrosa, la bandera de México y lo excepcional de una mujer que mira hacia abajo y sostiene sus manos para emitir sus plegarias secretas.


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Publicado por Diogenes Laercio

Estudié Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras en la UNAM. Cursé parte de la licenciatura en Letras Clásicas. Me dedico a la creación de contenido en redes y invito a todos a filosofar. He creado el podcast Filosofía en voz de Diógenes, Librería Rizoma en Instagram y el Proyecto de Divulgación de filosofía con el fin que el conocimiento esté más cerca de todos.

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