Primeros apuntes
A continuación presento algunas ideas para pensar uno de los problemas más urgentes en México, son apenas apuntes inacabados y no pueden ser definitivos. El trabajo filosófico debe abarcar problemas que no se sustraigan de lo real.
Con respeto y memoria para las víctimas
Recuerdo que cuando cursaba el quinto semestre de bachillerato la maestra de historia nos mostró en la sala de proyecciones un documental que, por entonces, parecía muy alejado de la realidad -aunque ya era lo real-. Lo que se veía en él eran testimonios de padres y madres, hermanos y familiares sobre lo que en esa época llamaban las muertas de Juárez. Las preguntas que de inmediato saltaron a mi mente son las mismas preguntas de hoy cuando se habla de los desaparecidos en México: ¿Qué pasó? ¿A dónde se fueron? ¿Quiénes y por qué se las llevaron? Entre muchas otras más desesperantes inquietudes.
Lo que en ese tiempo desde mi punto de vista parecía algo lejano, poco a poco ha dado lugar a un fenómeno sin precedente cuya naturaleza es tan compleja que parece no poderse resolver: el fenómeno de las desapariciones en sus diversas variantes y el modo en que quienes se ven afectados por él deben afrontar la situación.
Todas las teorías éticas existentes hasta hoy se derrumban ante las desapariciones. No existe un concepto que dé cuenta de lo que padecen las víctimas, los familiares de las víctimas y el conjunto de los ciudadanos que posibilite frenar la onda expansiva de la violencia. En primer lugar porque la violencia por sí misma se ubica en el terreno de lo ininteligible y, en segundo, porque las desapariciones responden directamente a ella, aunque sabemos menos sobre cuáles son sus fines, cuál es su telos.

Hasta hoy se había pensado que toda ética es posible al margen de cierta condición de estabilidad al alcance de cada ser humano. Cuando se habló de la virtud, de lo bueno, de lo justo, de la felicidad, del placer, del deseo, de la libertad, de la voluntad, del sentido existencial, etc., habría que suponer la existencia de un individuo en un ambiente relativamente estable dentro del cual tales planteamientos fueran imaginables y, medianamente alcanzables.
En ese sentido, no podríamos pensar en una ética cuyo eje sea un individuo estable, por el contrario, es preciso pensarlo en un contexto problemático y de máxima vulnerabilidad y, a partir de lo cual plantemos una estructura conceptual que dé paso a una ética de la desaparición y de los desaparecidos. No solo para tener herramientas que den razón del fenómeno en el terreno axiológico, sino también para prevenir, socavar y detener a toda costa su avance.
No obstante, una ética de la desaparición y de los desaparecidos parecería encubrir una paradoja. ¿Para quién o para quiénes planteamos algo así? ¿Para las víctimas indirectas o para intentar frenar de alguna manera y, como en un frente de batalla, las desapariciones? ¿Es posible un proyecto filosófico con ese alcance? Una ética con esos fines abordaría dos niveles diferentes, el de los desaparecidos y el de las víctimas indirectas.
Por otro lado, resulta fundamental replantear el concepto de desaparecido y desaparición, pues -como lo sostienen varias de las víctimas indirectas-: “el desparecido no desaparece”, por el contrario, se le ha quitado la posibilidad de comparecer, presentarse, asistir, volver a estar. El punto nodal de la desaparición es la imposibilidad de volver a presentarse para ser visto ante los ojos de los cercanos y no tan cercanos.
Continuará…
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