Dios ha muerto, el futbol no.


Hoy dió inicio el mundial de futbol 2026 en México y el ambiente es paradójico. Por un lado, los problemas sociales, las exigencias y denuncias colectivas y, por otro, la pasión desinhibida de ciudadanos fanáticos de este deporte hacen de la atmósfera mundialista algo digno de pensarse.

México se encuentra en una situación compleja desde hace varios años. Sobre todo porque ninguno de los gobiernos de las últimas tres décadas parecen poder frenar la ola de inseguridad, violencia e incertidumbre constante en el territorio. Situación que desde mi perspectiva es el ejemplo palpable de la denominada muerte de dios, pero localizada en un espacio.

No hay duda de la crisis que experimenta el país tanto en el terreno de lo político como casi hasta en el terreno de lo existencial. Si miramos con cuidado, la inseguridad es justo la punta de lanza de una pregunta individual y colectiva sobre el porvenir. Pero al mismo, es también la confirmación de que no hay respuesta inmediata a los problemas que nos aquejan.

En ese sentido, nuestra muerte de Dios, no es la de la gran modernidad, es la de la experiencia inmediata y humana de todos los días: cuando vamos al trabajo, cuando nos sentimos inseguros, cuando no sabemos ya qué hacer, cómo protegernos, cómo viviremos.

Y de repente, de entre la podredumbre de una muerte global de todas las estructuras que sostienen a lo humano, a la civilización, salta a la vista un evento que no es ni salvación ni remedio, pero que deseamos, que los mexicanos de a pie quisiéramos vivir desde cerca: el mundial.


Imagen tomada de Pinterest

Ningún mexicano es tan tonto para no saber que el mundial es un placebo, que sus efectos son fantasmagóricos, ilusorios, intermitentes y pasajeros. De hecho, quizás en esa certeza frágil sea que encontremos la razón de la extraña fe del mexicano en el futbol, en la selección y en sus constantes fracasos.

Sabemos que México no conquistará la Copa Mundial en este evento, pero nos entregamos al relajo en cualquiera de sus formas posibles: prendemos la tele, nos sorprendemos, gritamos, apoyamos, nos vestimos tricolor, incluso renegamos. El placebo es el relajo, el relajo es la condición existencial del mexicano ante lo incierto.

He ahí por qué, de todas las cosas que se pueden decir de un evento como este, es que Dios ha muerto, pero el futbol no.


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Publicado por Diogenes Laercio

Estudié Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras en la UNAM. Cursé parte de la licenciatura en Letras Clásicas. Me dedico a la creación de contenido en redes y invito a todos a filosofar. He creado el podcast Filosofía en voz de Diógenes, Librería Rizoma en Instagram y el Proyecto de Divulgación de filosofía con el fin que el conocimiento esté más cerca de todos.

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