Desde siempre se le ha augurado un destino complicado a quienes desean adentrarse en el terreno de la filosofía: poco éxito, poco dinero y una vida casi paupérrima. Incluso se suele evocar la historia de Diógenes el perro como ejemplo indubitable de ello. Hasta hace pocos años los rumores sobre la filosofía y su inutilidad eran constantes y violentos.
No obstante, en los recientes tiempos ese panorama sobre el fin de la filosofía del cual ha hablado hermosamente Peter Sloterdijk parece irse modificando poco a poco en el contexto de una sociedad súper acelerada, violenta e inmersa en la tecnología y en la inteligencia artificial que se desarrolla de manera brusca.
Podría entenderse que la crítica de la filosofía al modo en que occidente ha trazado los ejes de la civilización tenía pertinencia en razón de que dicho análisis centraba sus orígenes en el capitalismo, la sociedad y sus valores y la ausencia de sentido existencial de los individuos.
Sin embargo, la nueva relación que se ha dado entre el desarrollo de las inteligencias y sus límites éticos es un punto de confluencia que no solo se limita a la ética, roza también la metafísica, la epistemología, la filosofía del lenguaje y la lógica.

A estas alturas ya es bien sabido que los filósofos han sido requeridos por empresas de alcance global como Google o Antrophic dentro de las cuales la exigencia de fondo es cifrar los límites éticos y el análisis de sus respectivas investigaciones sobre inteligencia artificial dentro de los límites de lo humano, demasiado humano.
Sobre todo porque la filosofía como disciplina académica no solo ha resguardado desde siempre herramientas para la comprensión del mundo, sino que ha cobijado a lo largo de su historia algo aún más valioso, el largo y profundo camino de la razón y sus diversos despliegues inherentes a la humanidad misma.
Aunque hasta este momento el debate al interior de las investigaciones sobre las IAS como modelos del lenguaje parece cifrar su principal preocupación en torno a la ética, lo cierto es que existen otros problemas implícitos de igual importancia filosófica: la noción de la conciencia, la idea de la mente, los límites del lenguaje, las formas en que el sujeto y la ÍA se relacionan para configurar su existencia, etc.
En ese sentido, podemos dar cuenta de cómo la filosofía como disciplina no ha sucumbido a los constantes embates del contexto que le ha tocado atravesar, sino que por el contrario da muestra de que su relevancia como filosofía perenne tiene sentido cada vez que la humanidad ha entrado en terrenos críticos y peligrosos.
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